De agencias literarias, editores y el ruido documental

Libro

De https://pixabay.com/en/users/congerdesign

Y la propiedad intelectual…

Me he pasado toda la tarde investigando por internet. No he sacado grandes conclusiones, más bien una nebulosa de información y un par de sensaciones. Centrando mi área de interés hablaremos de poesía y mundo editorial.

No hace mucho estuve atento al fenómeno de la llamada poesía adolescente; la verdad es que debo agradecer a la revista Ocultalit la promoción de este debate tan interesante. Daniel Bellón ha hecho un buen recopilatorio de artículos sobre el tema. Es evidente que algo ha pasado, nadie podía prever que la poesía sería un boom editorial, pero ahora que ya ha pasado ¿Porqué ha sido?

Mientras los editores siguen discutiendo si el futuro de la edición pasa por el ebook y la lucha contra la piratería, el futuro se les va colando por las costuras de los pantalones.

Algunas cosas me vienen a la mente, por supuesto esa obligación de “vivir arrebatados por el cambio” de la que hablaba Juan Urrutia. Recuerdo también que la “historia ya es historia”; nos hemos metido de lleno en la “hiperhistoria” de la que habla Luciano Floridi; pero sobre todo, la idea de que nuestra capacidad de producir información está aumentando a una velocidad infinitamente mayor a nuestra capacidad de gestionarla o almacenarla; la conclusión inmediata se hace patente, llegará un momento en que la mayor parte de la información fluirá como un río sin llegar a ser almacenada ni, por supuesto, utilizada por nadie. Hay que asumir dos cosas; tenemos que elegir qué información queremos conservar (qué libros merecen ser guardados) y hay que trabajar seriamente en sistemas adecuados de gestión documental y de información. Gestionar, por lo tanto, el llamado “ruido documental” ¿Qué tiene que ver esto con el mundo editorial y de la poesía?

En el enlace que antes anoté de Juan Urrutia, David de Ugarte nos explica una cosa realmente interesante:

Las rentas derivadas de patentes se generan gracias a un privilegio legal que impide a otros explotar nuestra innovación durante un cierto tiempo. Las rentas de posición se producen porque o bien somos un intermediador necesario, que los agentes no se pueden saltar o bien porque físicamente ocupamos un espacio determinado

Pues bien, tradicionalmente, las editoriales basaban su rentabilidad en capturar un monopolio sobre una obra o sobre un autor determinados durante el mayor tiempo posible, su capacidad de capturar ese monopolio se basaba precisamente en que eran intermediarios que nadie se podía saltar. Esto ha dejado de ser así.

Tanto la posibilidad de distribución de contenidos en digital como las opciones de autopublicación impiden el monopolio; pero además, el abaratamiento de los costes de producción y transporte permiten el nacimiento de pequeñas editoriales que pueden competir en ventas (supongo que no sin dificultades) con editoriales que multiplican su tamaño e importancia (comparen Frida Ediciones con Visor). No estoy hablando de calidad literaria, estoy hablando de un fenómeno de cambio en el mundo editorial. Parece que ni la autopublicación impide la fama y las ventas, ni firmar con una gran editorial las garantiza. ¿Entonces, dónde está el quid de la cuestión?

Ya es prácticamente evidente que no es un tema de calidad literaria. Tampoco es que los lectores seamos unos estúpidos con ganas de leernos la primera bazofia que llegue a nuestras manos o que nos dé alergia la buena literatura; la cuestión es la forma en que se trasmite la información en una estructura de red, yo tengo más probabilidades de leer un libro que haya leído gente de mi infoesfera que cualquier otra obra por muy buena que esta sea.

Por eso me parece fundamental la transformación de las antiguas estructuras vendedor/editor/autor con lector/consumidor por una relación más horizontal y prácticamente comunitaria. Pero no nos engañemos, las comunidades se crean a pie de calle, no se crean simplemente con una web que se llama a sí misma “red social”, aquí tienen ventaja las pequeñas editoriales, ellas están sabiendo organizar recitales, conciertos y demás eventos poéticos que están teniendo mucho éxito. A la gente le interesan estas cosas (siempre que se hagan con un enfoque fresco y actual) , hay demanda de ello aunque muy pocos parezcan darse cuenta. Estas cosas crean comunidad, porque no nos engañemos como dice Las redes sociales no venden libros“, por eso iniciativas como la de http://www.megustaescribir.com/ de Penguin Random House, por muy interesante que sea, no parece que hayan tenido mucho éxito (en el sentido de que no se acercan a las cifras impresionantes de autoedición en general;  me dicen que hay 400 escritores inscritos y el año pasado se auto publicaron 450 libros en esta plataforma). Repito, no es que no sea una buena iniciativa, es que las comunidades no se crean ofreciendo una plataforma y esperando a que la gente se una, las comunidades se crean primero y las plataformas vendrán después, eso lo saben muy bien la gente de las Indias Electrónicas.

Sobre si este favorecimiento de comunidades es cosa de las editoriales o de las agencias literarias, creo sinceramente que las grandes editoriales no tienen la capacidad para ello, las pequeñas editoras claramente sí; pero quizá sea una oportunidad de desarrollo para las agencias literarias. Es importante favorecer la interacción real entre autores, editores y lectores a través de eventos accesibles gestionados a nivel local, probablemente con intervención de librerías o bibliotecas. Hablo de recitales o conferencias; de la organización de talleres de poesía o lectura (pero atención, el taller no es el negocio, el taller literario puede ser, precisamente, el corazón de la comunidad; así que no debe responder a intereses económicos, el taller ha de ser permanente y gratuito); hablo de las redes hiperlocales de las que hablaba Juan Freire. Todo esto favorece la comunidad, y es algo que tanto las pequeñas editoriales, las agencias literarias o incluso las librerías pueden asumir con mayor facilidad que las grandes editoriales. Algunas agencia como Sandra Bruna creo que van un poco por este camino aunque sea tímidamente. Son necesarios pasos más decididos en esta dirección.

Y ahora que ya estamos terminando, me gustaría avanzar una cosa más.

Si el monopolio no supone, a la larga, una garantía de éxito del modelo de negocio editorial, y cada vez tenemos que elegir mejor qué información queremos conservar (dada la ingente cantidad de información que tenemos que gestionar) ¿Porqué nos empeñamos en capturar los derechos de explotación de las obras el mayor tiempo posible? Entiendo que un libro de poesía que no haya vendido lo que tenía que vender en unos dos, tres o cinco años (como muchísimo) ya no va a vender más, se habrá hundido en la marea de publicaciones posteriores, ya nadie lo va a rescatar de la nada ¿Por qué no damos la posibilidad de su libre reutilización? ¿Por qué no dejamos que lo usen publicistas, cineastas, músicos, youtubers? Siempre indicando la autoría y respetando los derechos morales.

La web está repleta de utilizaciones irregulares de poemas de autores que aún conservan sus derechos de distribución capturados por algún editor o por la familia de un autor que hace cincuenta años falleció. En mi opinión lo irregular no es hacer un videoclip recitando un poema que Benedetti escribió hace veinte años, eso debería ser lo normal, lo irregular es pretender impedir este tipo de actuaciones . Si normalizamos esto evitaremos situaciones bochornosas como lo que pasó con el famoso poema de Oliverio Girondo, en el que se hace un plagio descarado sin cita y estropeando una buena obra de un poeta genial.

Una obra encerrada en un cajón no sirve para nada, una obra que circula y se cita por lo menos cumple un servicio y prestigia a su autor. Creo que hay que empezar a caminar hacia la devolución.

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