imagen de cerillas

Hogar

Encendida, la mecha, se refleja en la pila de piedra como si fuera un charco. Los plateados dedos de la anciana resbalaron al frío ligero del agua bendita, como una hoja seca. Atrapada entre las ondas mínimas la última gota se ha deslizado de su índice y corazón, justo antes de persignarse. Tocada de negro avanza despacio arrastrando sus pies como con zapatillas.

Casi no hace frío. Todavía en penumbra han entrado en silencio una madre y su niña, un anciano y tres mujeres. En el umbral de la puerta perciben apenas el aroma dulce de la cera virgen.

Ella se ha parado un momento, aquí, entre las sombras. Tras retirar la cajita, la descubre despacio y estalla la luz del mixto con un chasquido. Al poco, enciende algunas velas espigadas y este amarillo pálido y tembloroso va tiñendo, lentamente, la gastada piedra de la ermita.

Alrededor del altar se van sentando los feligreses tímidos. Sus rostros saludan, todavía pacientes, iluminados por el inestable carmín flotante del fuego.

Tras preparar el misal sobre la mesa y prender el cirio, la antigua maestra del pueblo se asienta renqueante en una esquina. «Boa tarde», dice. Como por instinto, una de sus manos recogió a la otra aguantando un golpe de dolor.